Cámara de Eco Cuarto de espejos

Hace algunos años estuve en un parque de diversiones y me impactó el cuarto de espejos, yo sentía que no tenía el control. Cada vez que hablaba, mi voz rebotaba una y otra vez, hasta que ya no sabía si lo que oía venía de mi o de los demás que estaban en el mismo cuarto. Así funciona una cámara de eco: un entorno —digital o social— donde solo escuchamos ideas que refuerzan lo que ya creemos.
Las redes sociales prometían ser espacios de diversidad, lugares donde podríamos aprender del otro. Pero en la práctica, los algoritmos han convertido nuestras pantallas en ecosistemas cerrados, donde las mismas opiniones circulan, se repiten y se amplifican, generando una ilusión de consenso.
Las cámaras de eco no son nuevas, pero las plataformas digitales las han potenciado. Los algoritmos detectan lo que nos gusta y nos muestran más de lo mismo. Si das “me gusta” a una publicación sobre cierto tema político, pronto tu línea de tiempo estará llena de mensajes similares, memes afines y opiniones que confirman tu postura.
A eso se suma que tendemos a rodearnos de personas que piensan como nosotros, lo que refuerza aún más la sensación de tener razón.
Durante el referéndum del Brexit en el Reino Unido (2016), estudios posteriores mostraron cómo grupos a favor y en contra del “Leave” se informaban en círculos casi aislados: cada uno consumía y compartía contenido alineado con su posición, y muy pocos usuarios cruzaban las fronteras entre ambos mundos digitales. El resultado fue una polarización tan intensa que el diálogo se volvió casi imposible.
Las cámaras de eco funcionan porque son cómodas. Nos gusta sentir que tenemos razón, que los demás “ven el mundo como nosotros”. Pero ese confort tiene un costo, nos aleja del pensamiento crítico y nos hace más vulnerables a la desinformación.
Cuando solo escuchamos una versión de la realidad, cualquier voz distinta suena amenazante o falsa.
Salir de la cámara de eco no implica renunciar a nuestras ideas, sino atrevernos a escuchar otras. Significa seguir a quienes piensan distinto, contrastar fuentes y reconocer que incluso nuestras certezas pueden estar llenas de matices.
La alfabetización digital no consiste sólo en saber identificar una noticia falsa, sino en construir espacios donde el desacuerdo no se viva como un ataque, sino como una oportunidad para entender mejor el mundo. Porque fuera del eco, todavía hay muchas voces que vale la pena oír.
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