Cuando la risa parece noticia: sátira, parodia y los bordes movedizos de la información

En el ecosistema digital donde convivimos, veloz, saturado y a veces profundamente irónico, hay un género que siempre me produce una mezcla de fascinación y alerta: la sátira y la parodia informativa. Como comunicadora y escritora, tengo claro que el humor es una forma legítima y poderosa de crítica social; pero también sé que, en tiempos de desinformación, la risa puede transformarse en un mensaje ambiguo, susceptible de ser leído como verdad cuando circula fuera de contexto.
Algunas personas que ejercen el periodismo están informando con un estilo distinto a lo visto en medios tradicionales, en donde el humor y la sátira juega un papel fundamental para que el usuario permanezca conectado hasta el final. Incluso, este formato les ha dado premios reconocidos en el periodismo como: periodismo innovador.
Estos formatos que nos hacen reír, porque reconocemos lo falso, lo absurdo o lo exagerado; que funcionan, porque sabemos que son broma, porque de eso se trata ese contenido y nos lo han dejado claro desde un principio, pueden generar confusión cuando esas piezas se desprenden de un lugar en donde la información no es una broma, sino que lo que están diciendo es aparentemente real, puede confundir a las personas y llegar a ser incluso irrespetuoso.
He visto a más de un familiar, colega o estudiante compartir un titular satírico creyendo que era real. No por ingenuidad, sino por la sencilla razón de que, en este océano de estímulos, a veces no nos detenemos a preguntar: ¿esto de dónde viene? Es justamente aquí donde es importante parar y revisar el contenido, no para dejar de reír, sino para entender por qué reímos y qué pasa cuando ese humor se reescribe como “noticia”.
La sátira y la parodia tienen un valor cultural innegable: critican, incomodan, provocan conversación. Su potencia está en recordarnos que las noticias son también construcciones; que la seriedad no garantiza verdad; que el absurdo puede ser una forma de denuncia. Pero su fragilidad aparece cuando olvidamos su contexto de origen y permitimos que entren en el flujo de desinformación sin la etiqueta de esto es un chiste.
Pensar estos formatos desde la educación mediática no implica censurarlos, sino acompañar su lectura: enseñar a reconocerlos, a disfrutar de su ironía sin caer en la trampa del algoritmo que los reubica en escenarios donde parecen verosímiles, y preguntarnos ¿Qué hacemos como sociedad para que la risa siga siendo risa, y no otro combustible para la confusión? es esencial.
En Digital.IA creemos que la respuesta comienza por allí: por mirar dos veces, por contextualizar, por conversar, por sostener la pausa crítica incluso cuando el titular parece demasiado absurdo para no ser cierto.
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