Señales de calidad de la información: el pequeño filtro que cambia todo

Mientras buscaba datos para un proyecto, me encontré con dos informes sobre el mismo tema. Uno era un documento impecable, con autor identificado, fecha reciente, estudios citados y gráficos claros. El otro era un video que circulaba en redes sociales: alarmista, sin fuentes verificables y con cifras que pasaban tan rápido en la pantalla que no se podían ver con claridad, al pausar el video, para verlas mejor, no coincidían con nada conocido.
Revisar si lo que estamos leyendo, escuchando o viendo para saber si efectivamente esa información la podemos usar para nuestros propósitos, se le llaman señales de calidad de la información (IQ). Son criterios que nos permiten evaluar si un contenido es confiable. La calidad de la información es “la información adecuada para que los usuarios la utilicen” (Wang & Strong, 1996, citado en Zrnec et al., 2021). En la práctica, es el equivalente de un checklist rápido para no dejarnos engañar por datos sueltos, titulares sensacionalistas o informes que parecen serios pero no lo son.
Estas señales suelen aparecer en cinco dimensiones:
- Exactitud: que lo que se afirma tenga sustento.
- Completitud: que no falte contexto ni información esencial.
- Actualidad: que el contenido no esté desfasado.
- Objetividad: que el lenguaje no busque manipularnos.
- Representación clara: que cifras, gráficos y argumentos estén bien explicados.
Cuando uno adopta este enfoque, el consumo informativo cambia. Si un artículo te dice de dónde sacó sus datos, quién lo escribió, cuándo fue publicado y presenta las evidencias de manera clara, ya te está dando múltiples señales verdes. Lo mismo ocurre cuando un informe explica su metodología y evita adjetivos que buscan inflamar emociones.
En cambio, cuando aparece un contenido que circula sin autor, sin fecha, sin enlaces y con un tono que parece diseñado para alarmar, estamos frente a señales rojas. No importa cuántas veces lo hayan compartido: la multiplicación no convierte un rumor en verdad.
Este filtro se vuelve crucial en situaciones cotidianas. Todos hemos recibido información dudosa en chats familiares o redes sociales: el video, la captura de pantalla, el gráfico que nadie sabe quién diseñó. Usar las señales de calidad es lo que nos permite detenernos, observar y decidir: ¿esto tiene bases reales?
La verdad es que no necesitamos ser periodistas de investigación para aplicar estas reglas. Basta con preguntarnos: ¿Quién lo dice? ¿Cuándo lo dijo? ¿De dónde sale la información? ¿Está completa? ¿Qué tono usa?
Ese pequeño ejercicio mental (que toma menos de un minuto) puede evitarnos caer en interpretaciones erróneas, decisiones mal informadas o la difusión de contenido engañoso.
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