Algoritmo: El DJ invisible de tu feed

Un DJ anónimo con capucha negra y rostro oculto está detrás de una consola de mezclas en un escenario futurista. Sus manos manipulan los controles mientras dos pantallas holográficas flotantes muestran código y ondas de sonido. Detrás de él, una multitud animada levanta las manos bajo luces neón rojas y azules. En el fondo, caen columnas de código binario y palabras como “CLICKS”, “VIRAL” y “DATA”, evocando una fusión entre música electrónica, tecnología y cultura digital.
Diana Yulieth Socha Hernández
Diana Yulieth Socha Hernández

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Hace unos días, abrí YouTube solo para ver un video corto sobre inteligencia artificial. Media hora después, seguía allí, viendo entrevistas, documentales y hasta un tutorial que nada tenía que ver con lo que buscaba. No fue casualidad. Fue el algoritmo.

La palabra suena técnica, casi intimidante, pero los algoritmos son parte invisible de la vida digital. En términos simples, un algoritmo es un conjunto de reglas o instrucciones que procesa datos para tomar decisiones: qué mostrarte, cuándo hacerlo y en qué orden. Como lo define Chen (2024), es una “secuencia finita de instrucciones bien definidas, implementables por computadora, generalmente para resolver una clase de problemas.”

Pero más allá de su definición formal, los algoritmos son los verdaderos DJ de nuestro feed: seleccionan la música —o mejor, el contenido— que creen que queremos escuchar. Analizan lo que miras, cuánto tiempo te quedas, a qué le das «me gusta», con qué interactúas y a quién sigues. Con esa información, crean una lista personalizada para mantenerte en la pista digital el mayor tiempo posible.

El problema no está en que existan, sino en que no son neutrales. Aunque se presentan como herramientas objetivas, los algoritmos están diseñados para optimizar ciertos resultados: clics, permanencia, interacción, ventas. En esa lógica, no siempre priorizan lo más veraz o diverso, sino lo más atractivo o rentable.

Un ejemplo claro ocurrió con YouTube, investigaciones del Wall Street Journal y del New York Times mostraron cómo su algoritmo de recomendación, diseñado para maximizar el tiempo de visualización, terminaba llevando a algunos usuarios hacia contenido cada vez más extremo o conspirativo. Empezabas viendo un video sobre nutrición y podías terminar, a pocos clics, en teorías sobre “curas milagrosas” o desinformación científica. No era un plan deliberado, sino un efecto colateral del sistema, el algoritmo aprendió que el contenido más sensacionalista generaba más atención y actuó en consecuencia.

En ese sentido, los algoritmos no solo seleccionan información; también modelan la forma en que entendemos el mundo. Nos muestran una realidad filtrada por nuestras propias preferencias y las prioridades comerciales de las plataformas. Por eso, dos personas pueden buscar la misma palabra en Google y obtener resultados distintos, adaptados a su historial, ubicación o idioma. Cada usuario, un universo informativo distinto.

Ser conscientes de ello no significa desconectarnos, sino entender el papel que juegan los algoritmos en nuestra experiencia digital. Preguntarnos por qué vemos lo que vemos, diversificar nuestras fuentes, revisar la configuración de nuestras plataformas. Porque el algoritmo no solo nos muestra el mundo: también nos enseña cómo verlo.

La alfabetización digital, entonces, pasa por aprender a bailar con este DJ invisible sin dejar que el ritmo nos controle.

Porque en la era de la personalización total, entender el algoritmo es entender el poder.

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