«Yo no me dejo engañar… y me engaño»

Una persona mira una protesta con carteles que piden "cambio" y "unidad", pero su reflejo en un espejo muestra una expresión seria y dudosa. La imagen simboliza la tensión entre seguir la corriente colectiva (el efecto arrastre) y mantener una postura crítica individual, recordando que compartir sin pensar puede difundir desinformación, como ocurrió con los comentarios sobre Puerto Leguízamo, donde la validación social reemplazó la verificación de hechos.
Diana Yulieth Socha Hernández
Diana Yulieth Socha Hernández

AcademiaTotal TransmediaAlfabetización mediáticadesinformaciónmanipulación mediática

Durante las elecciones presidenciales en Colombia (y, en realidad, en casi todos los países del mundo), en redes sociales, cada grupo político afirmaba tener «los hechos», los datos y la verdad. Las personas que tenía en mis redes compartían con pasión cifras, videos o frases «evidentes» que, en su opinión, demostraban sin lugar a dudas que su candidato era el correcto, y yo hacía lo mismo.

El problema no era la falta de información, sino el filtro invisible del realismo ingenuo, cada quien interpretaba la realidad desde su propio marco de creencias y asumía que quien no coincidía con él lo hacía por desinformado o fanático.

Este sesgo explica buena parte de la polarización digital actual. Si yo creo que mis opiniones reflejan la realidad objetiva, entonces discrepar contigo no es un debate: es una batalla entre quien «ve la verdad» y quien «vive engañado».

Eso es el realismo ingenuo: la creencia de que vemos el mundo «tal cual es», y que si los demás fueran racionales, verían exactamente lo mismo que nosotros. Es una ilusión profundamente humana, descrita por Ward y sus colegas (1997), que nos hace subestimar nuestros propios sesgos y sobrevalorar la supuesta objetividad de nuestra mirada.

El realismo ingenuo es peligroso porque bloquea el diálogo y la autocrítica. Si creemos que no tenemos sesgos, jamás revisaremos la manera en que consumimos información, y eso nos vuelve más vulnerables a la desinformación, precisamente porque no la reconocemos cuando coincide con nuestras convicciones.

Las plataformas digitales refuerzan esta ilusión, los algoritmos personalizan lo que vemos, mostrando solo contenido que confirma nuestras ideas. Así, el mundo parece alinearse con nuestras creencias pero es un espejismo cuidadosamente construido.

Reconocer el realismo ingenuo no significa renunciar a nuestras opiniones, sino aceptar que son interpretaciones, no reflejos exactos de la realidad. Implica entender que nuestras creencias también pueden ser sesgadas y que escuchar al otro no nos debilita, sino que amplía el mapa de lo real.

Luchemos juntos contra la desinformación.

Visita: digitalia.gov.co

¿Te gustó este artículo?

Explora más artículos sobre educomunicación y alfabetización mediática

Ver Todas las Entradas
¡Habla conmigo!