¿A quién creemos cuando dice «esto pasó»?

Un hombre en traje se sienta relajado en un sillón, sosteniendo una tableta mientras observa una interfaz holográfica flotante con símbolos de verificación, seguridad, datos y comunicación. La escena sugiere un proceso de evaluación crítica: ante la avalancha de información, ¿cómo decidimos qué es verdadero? Simboliza la necesidad de preguntarnos “¿a quién creemos?” cuando alguien afirma que algo ocurrió —y cómo las herramientas digitales pueden ayudarnos (o confundirnos) en esa búsqueda de confianza.
Diana Yulieth Socha Hernández
Diana Yulieth Socha Hernández

Total TransmediaAlfabetización mediática

Siempre que comienzo una clase de análisis de medios hago la misma pregunta: ¿a quién le creemos cuando alguien afirma “esto pasó”? En un ecosistema donde cualquier usuario puede publicar, opinar, viralizar o incluso inventar una versión de los hechos, esa pregunta deja de ser retórica. Es, en realidad, una puerta de entrada para hablar de un concepto fundamental en los estudios contemporáneos de comunicación: la autoridad epistémica del periodismo.

Carlson sostiene que la autoridad epistémica es el «derecho a ser escuchado» del periodismo; la legitimidad profesional para producir afirmaciones sobre la realidad y reclamar que esas afirmaciones merecen ser tomadas en serio. Ese derecho no aparece de la nada; se construye sobre los ideales que históricamente han definido la profesión, como la objetividad, precisión, independencia, transparencia, claridad, por supuesto es un pacto social tácito: creemos a los periodistas porque asumimos que se esfuerzan por verificar, contextualizar y contrastar, se supone que ese es su trabajo y lo deben hacer bien.

La autoridad epistémica es la credibilidad que otorgamos a un medio o a una reportera cuando nos dice «esto es verdad y aquí está la evidencia que lo respalda». Es confiar en que alguien hizo el trabajo difícil de investigar, contrastar versiones, revisar documentos, hablar con personas clave y, finalmente, organizar los hechos de una manera comprensible y honesta.

El ejemplo más claro ocurre con las investigaciones de largo aliento, cuando un medio publica un reportaje sustentado en decenas de fuentes, pruebas verificables y un proceso editorial riguroso, el público tiende a aceptarlo como una representación fiable de la realidad. No porque el medio sea infalible, sino porque reconocemos el método y el esfuerzo detrás.

Sin embargo, hoy esta autoridad ya no es un punto de partida, sino un terreno en disputa. La polarización, la desinformación y la erosión generalizada de la confianza en las instituciones han debilitado ese pacto. No faltan quienes usan el término “fake news” para deslegitimar cualquier contenido incómodo, ni quienes confunden crítica informada con desconfianza absoluta. El resultado es un ecosistema donde la autoridad epistémica debe defenderse a diario, a veces frente a ataques coordinados y, otras, frente a errores propios de la práctica periodística.

Pienso que es clave recuperar una mirada más matizada. No se trata de creer ciegamente en los medios ni de rechazarlos por completo, sino de entender cómo se construye esa autoridad, cuáles son los estándares, cuáles los procesos, cuáles las fallas posibles y cuáles las responsabilidades éticas que la sostienen. Al comprender esto, el público gana una herramienta para evaluar la información sin caer en cinismos ni en credulidades ingenuas.

El periodismo no solo nos dice qué ocurrió; también nos ayuda a ordenar el mundo. Y su autoridad epistémica, aunque imperfecta y en constante negociación, sigue siendo uno de los pilares que permiten la vida democrática. Con esta saturación informativa en la que vivimos, cuidar —y exigir— esa autoridad nos permite proteger nuestra capacidad colectiva de distinguir lo cierto de lo fabricado.

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