Contar el mundo con método y con dilemas reales

Cuando estudié periodismo, una de las primeras frases que aprendí, el periodismo está para contar el mundo tal como es, mi favorita siempre fue de Gabo: «El periodismo es el mejor oficio del mundo», pero hoy quiero enfocarme en eso que se repetía semestre a semestre en el aula. Porque la claridad, neutralidad y la «supuesta» objetividad del ejercicio periodístico, debería ser la brújula ética y técnica de la profesión. Pero con los años entendí que esa brújula no apunta a un norte fijo, más bien, exige una lectura más matizada de lo que significa narrar la realidad.
Farkas y Schousboe (2024) hablan de ese reclamo de autoridad epistémica que el periodismo se adjudica: la capacidad, casi idealizada, de capturar y transmitir hechos significativos sobre un mundo que pareciera estar esperando a ser descrito. Y sin embargo, otra línea de investigación —como recuerda Carlson (2017)— nos invita a mirar más de cerca la práctica cotidiana, la que nos dice que el periodismo debe reportar una cadena de eventos y también organizarlos o jerarquizarlos para darle sentido.
Como periodista, considero que una cosa es el ideal y otra es enfrentarse a los silencios de las fuentes, a la ambigüedad de los datos, a la presión de publicar rápido, a la agenda de los medios y a los intereses que atraviesan cualquier investigación. Informar es también decidir qué entra y qué queda por fuera, a quién se escucha primero, qué verbo usar, qué contexto no se puede sacrificar, incluso la puntuación puede cambiar un matiz que abre o cierra interpretaciones.
Comprender que las noticias son relatos trabajados con rigor, permite que como audiencia ejerzamos una lectura más crítica y más justa a la vez, por supuesto que no es para desconfiar del periodismo, pero sí para entenderlo como un oficio humano, situado, lleno de decisiones y tensiones.
En una entrevista que le hicieron a la periodista argentina Leila Guerriero le preguntaron si ella continuaría con el trabajo como hasta ahora lo había realizado (se referían al periodismo de inmersión, a la búsqueda de las entrevistas personalmente, a convivir en los lugares o con las personas de las que ella quería narrar) y su respuesta estuvo acompañada de una sonrisa, «pero por supuesto» aseguraba que ella no se veía como los periodistas actuales, trabajando frente a una computadora o hablando constantemente por teléfono celular, porque desde allí hacían las entrevistas o pedían que les enviará el audio respondiendo el listado de preguntas que le había puesto en el chat previamente.
Creo que soy de la línea de Guerriero. No critico el periodismo actual, sé que es otro método, de los tantos que existen, para hacer periodismo, que tal vez sea más práctico para esta generación, pero yo necesito encontrarme con la noticia o con la información de frente, comprenderla, analizarla desde mi propia mirada, con todos los sentidos. Esta es solo una forma de hacer periodismo, no es la única y por supuesto no es la mejor, pero tampoco la peor.
Hoy, en un ecosistema saturado por etiquetas como Fake, el periodismo necesita volver a explicar su propio proceso: cómo verifica, cómo selecciona, cómo interpreta. Y nosotros como lectores, ciudadanos, educadores o creadores, necesitamos reaprender a preguntar: ¿Quién cuenta esto?, ¿Con qué información?, ¿Qué queda fuera?, ¿Qué otras historias podrían contarse?
Quizá ahí está la clave: en aceptar que el periodismo no es un espejo perfecto del mundo, sino un mapa trazado con cuidado, y que, como todo mapa, revela caminos, oculta otros, e invita a seguir explorando, dialogando y corrigiendo el rumbo cuando sea necesario.
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