La conversación sobre ¿Qué es el periodismo?

Una persona con capucha trabaja en una laptop en un entorno urbano nocturno, con luces difusas de ciudad al fondo. Sobre la pantalla flota una interfaz holográfica con datos y símbolos digitales, sugiriendo la investigación, verificación y construcción de narrativas en tiempo real. La escena simboliza la evolución del periodismo: no solo como reportaje tradicional, sino como una práctica digital, crítica y en constante diálogo con la tecnología, la ética y el contexto social —una conversación viva sobre qué significa informar hoy.
Diana Yulieth Socha Hernández
Diana Yulieth Socha Hernández

Total TransmediaAlfabetización mediática

Hay días en que siento que el periodismo habla tanto de sí mismo como del mundo que intenta narrar. No lo digo con ironía, sino con la conciencia de que, en un ecosistema mediático en crisis permanente de credibilidad, de velocidad, de recursos, de sentido, los medios ya no pueden limitarse a informar; también tienen que explicarse.

Ese ejercicio constante de mirarse, discutirse y evaluarse se refiere al discurso metaperiodístico. Carlson lo ha trabajado durante años y lo define, en esencia, como todas esas evaluaciones públicas sobre cómo se hacen las noticias, qué tan buenas o rigurosas son y qué lugar debería ocupar el periodismo dentro de la sociedad. Lo interesante es que este debate no lo sostienen solo periodistas; también participan políticos, expertos, audiencias, activistas, tuiteros insomnes y hasta los mismos medios que se responden entre sí.

Esto lo vemos cuando un columnista critica el cubrimiento de una cadena nacional; cuando un político acusa a un medio de parcialidad; cuando la audiencia señala fallas en una investigación; o cuando, dentro de la misma profesión, o cuando se viraliza un hilo en X sobre ética, fuentes o titulares engañosos.

Como periodista y comunicadora, me parece fascinante y agotador a la vez. Fascinante porque revela que la ciudadanía se ha vuelto más activa, más crítica, más consciente de cómo se producen las noticias. Agotador porque ese escrutinio sucede bajo la lógica de la inmediatez digital, donde una crítica puede ser un aporte valioso, pero también una herramienta de presión política o una forma de deslegitimar el trabajo periodístico.

En un ecosistema atravesado por las “fake news”, los discursos de odio y la polarización, este metadebate puede convertirse en una oportunidad pedagógica. Hablar, escribir sobre periodismo, de su método, sus límites, sus errores y sus aciertos, es una manera de fortalecer la confianza pública, siempre desde la transparencia. Explicar cómo se verifica una información, por qué se elige un enfoque, o cómo se corrige un dato inexacto es recordarle a la audiencia que las noticias no caen del cielo, sino que son el resultado de decisiones responsables.

Lo que me interesa del discurso metaperiodístico no es la pelea por tener la última palabra, sino la posibilidad de abrir el periodismo. Convertir esa conversación —a veces áspera, a veces productiva— en un puente para que la ciudadanía entienda mejor cómo se construyen los relatos que dan forma a lo público.

Ahora todo se cuestiona y nada parece suficiente, quizá lo más valioso es reivindicar la capacidad de mirarse al espejo, reconocer sus fisuras y seguir adelante, con más rigor y más diálogo. Porque si algo nos recuerda este meta-discurso es que el periodismo es una práctica informativa y también un espacio vivo de disputa, aprendizaje y transformación colectiva.

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