Megacorporaciones y la Lucha por el Alma Tecnológica en el Cyberpunk

El cyberpunk, es más que una simple descripción estética; es un diagnóstico político y económico nacido de las ansiedades de la década de 1980. El género se consolidó como una alternativa de un futuro donde el capitalismo tardío y la hegemonía neoliberal no solo habían continuado sin control, sino que habían triunfado en la mayoría de las esferas de la vida.
La idea que tenemos de este género, por lo general se consolida como la lucha contra robots asesinos o invasores alienígenas, pero lo cierto es que es una batalla urbana y profundamente humana contra la concentración total del poder tecnológico en manos de las megacorporaciones.
En el universo cyberpunk, el Estado-nación es una reliquia irrelevante, pues el poder real ha sido privatizado y consolidado en enclaves corporativos. Estas megacorporaciones, como la infame Arasaka (megacorporación ficticia), no solo influyen en la política; son la política. Dominan todos los ámbitos de la vida, gestionan territorios como feudos privados, emplean ejércitos propios, destruyendo cualquier mecanismo estatal de bienestar social. Esto crea lo que el teórico Mark Fisher denominó realismo capitalista, un panorama donde es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del sistema y donde los personajes están resignados a construir sus vidas alejados de la discusión política sobre sus condiciones de existencia.
La tecnología es el principal instrumento de este dominio y en vez de ser el lugar de una fuerza liberadora, la concentración tecnológica se convierte en la herramienta definitiva de opresión, vigilancia y explotación. En ese sentido las corporaciones ya no venden solo productos sino que venden la propia humanidad. La modificación corporal, o transhumanismo, deja de ser una elección filosófica para convertirse en una necesidad económica, social y política. El que no se implanta, no puede competir en el mercado laboral. Esto crea una nueva y brutal estratificación social visible en el propio hardware ya que las élites lucen «implantes mucho más refinados y elegantes», mientras que los habitantes de los barrios pobres deben conformarse con modificaciones «toscos y pragmáticos».
Incluso las experiencias humanas más íntimas son mercantilizadas usando la predicción algorítmica para recomendarte productos o sumergirte en sesgos. La inteligencia artificial y la automatización no han emancipado a la humanidad del trabajo, sino que han reemplazado y precarizado a los trabajadores humanos.
La «lucha» en el cyberpunk es, por tanto, la insurgencia del «punk»: el individuo marginado, el hacker, el rebelde solitario que vive «al margen de la sociedad». Este antihéroe utiliza la propia tecnología del sistema como un arma contra sus creadores. Personajes como Johnny Silverhand encarnan este «discurso revolucionario», luchando por derribar a las corporaciones. Es una batalla desesperada por la autonomía en una sociedad tan deshumanizada.