Mira quién te lo cuenta y si es de fiar.

Hay un momento —breve, casi instintivo— que define nuestra relación cotidiana con la información, ese segundo en el que vemos un titular, recibimos un mensaje reenviado o escuchamos una afirmación y pensamos (o deberíamos pensar): ¿Quién me lo está contando? Esa pregunta, tan sencilla y decisiva, es el corazón del concepto de credibilidad de la fuente.
La credibilidad de la fuente se refiere a la fiabilidad y autoridad percibida de quien produce o difunde un contenido. No se trata solamente de si la información es verdadera o falsa, sino del peso y la calidad que atribuimos al origen, por ejemplo su trayectoria, su transparencia, su metodología, su reputación. Silverman, citado por Zhou y Zafarani, dice: la calidad, credibilidad y sesgo político de los sitios de origen influyen de manera directa en la calidad y credibilidad de las noticias que consumimos.
No es lo mismo una noticia médica publicada por un hospital universitario reconocido que la misma afirmación en un blog anónimo. Incluso antes de leer el contenido, nuestro cerebro hace una evaluación implícita del mensajero, y esa evaluación orienta nuestro juicio.
Pero la credibilidad de la fuente no es un atributo inmóvil, se negocia, se disputa, se erosiona o se fortalece con el tiempo. En sociedades polarizadas, dos personas pueden leer el mismo artículo y evaluar la fuente de manera radicalmente distinta según sus propias experiencias, creencias o afinidades políticas. La credibilidad, entonces, no es solo un elemento técnico: es un proceso cultural y emocional.
Desde mi mirada, no basta con identificar si la fuente es conocida o desconocida, necesitamos preguntarnos por las prácticas que sostienen esa credibilidad, por ejemplo, ¿Cita fuentes verificables? ¿Explica su método? ¿Corrige errores? ¿Reconoce su posición política? ¿Publica en un ecosistema editorial regulado o en uno opaco?
Esa mirada analítica no busca descalificar de entrada a lo independiente ni santificar a lo institucional, más bien nos exige evaluar caso por caso, argumento por argumento, evidencia por evidencia. Creo que en este punto la antigüedad o los años en el «mercado» no son suficientes, si no se demuestra la veracidad en una noticia o en la información.
Un contenido bien empaquetado puede parecer profesional sin serlo; un diseño atractivo puede disfrazar opacidad; un creador carismático puede imponerse sobre datos débiles. Por eso, el hábito de preguntar ¿Quién me lo dice y por qué confío (o no) en esa fuente? se convierte en una defensa personal y colectiva frente a la manipulación.
Debemos cuidar la credibilidad de nuestras fuentes, porque de esa manera cuidamos la calidad de nuestro pensamiento, y en un mundo digital donde la verdad compite con la verosimilitud, ese cuidado es una forma de ciudadanía.
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