Si todos lo comparten, yo también

Una ilustración digital muestra una multitud de siluetas humanas caminando hacia un túnel brillante compuesto por íconos de redes sociales. Las figuras sostienen teléfonos móviles, simbolizando cómo el efecto arrastre en línea impulsa a las personas a compartir contenido viral sin verificar su veracidad, priorizando la popularidad sobre la verdad.
Diana Yulieth Socha Hernández
Diana Yulieth Socha Hernández

AcademiaTotal Transmediamanipulación mediática

Me gusta compartir las noticias, los artículos de opinión de varios escritores y escritoras que sigo en algunos medios de comunicación. Los leo y cuando me siento identificada con lo que dicen, lo comparto en la misma red social.

A veces me encuentro con memes, o comentarios en X que llaman mi atención porque muchas personas los han compartido y sin detenerme a pensar si eso es verdad o mentira, lo comparto.

Eso, precisamente, es el efecto arrastre (bandwagon effect): la tendencia humana a adoptar ideas o comportamientos simplemente porque otros los han adoptado antes. En palabras de Zhou y Zafarani (2018), es “la inclinación de las personas a hacer algo principalmente porque otros lo están haciendo”.

Aunque hoy se manifiesta en redes sociales, el efecto arrastre no nació con el algoritmo. Desde hace siglos influye en nuestras decisiones, desde modas políticas y culturales hasta hábitos de consumo. Las masas, decía Gustave Le Bon en el siglo XIX, tienen el poder de modelar el pensamiento individual; y en el siglo XXI, esa multitud se trasladó al entorno digital.

La diferencia es la velocidad. Ahora, las ideas se propagan a una escala y ritmo imposibles de controlar, un meme, una consigna o una noticia falsa pueden recorrer el mundo en cuestión de minutos.

Un artículo en Moe, asegura: «… el pasado 11 de abril cuando el candidato a la presidencia Enrique Gómez afirmó que “varios medios han asumido las banderas del narcotráfico en demérito de las poblaciones más vulnerables del país”. Esto refiriéndose a los reportajes publicados por Vorágine, Cambio y El Espectador en los que se denunciaban graves agresiones cometidas por el Ejército en contra de civiles en medio de un operativo militar en Puerto Leguízamo, Putumayo. Posteriormente, los periodistas reportaron haber recibido insultos e intimidaciones a través de redes sociales. Algunos de estos mensajes incluso venían de otros colegas”.

Y es que periodistas como Vicky Dávila (en ese momento) escribió en X: «A algunos periodistas de izquierda no les gusta contar si no la versión que se acomoda a su ideología. En el caso de Putumayo, llegan con el prejuicio número 1: el Ejército es el enemigo y el violador de la ley. Por eso hay que condenarlo de entrada. Las ´Farc´ son víctimas» (12/04/22 11:18 a.m.)

Este comentario tuvo 2.984 Retweets. Nadie corroboró la información, esas dos mil personas y más, le creyeron y lo compartieron, afectando el trabajo de los otros periodistas y esparciendo desinformación sin medir consecuencias.

Ese es el poder del efecto arrastre, la validación social reemplaza la verificación. Lo que muchos creen, empieza a parecer cierto solo por repetición.

Las plataformas digitales amplifican este fenómeno. Los algoritmos priorizan el contenido más compartido, más comentado o más replicado. Es decir, el que está “de moda”. Así, un ciclo se repite: lo popular se vuelve más visible, y lo visible se vuelve más popular, finalmente se convierte en un ecosistema donde la viralidad muchas veces vale más que la verdad.

¿Cómo resistirse al arrastre digital?

Romper con este impulso no es sencillo, pero sí posible. Algunas recomendaciones prácticas:

Duda antes de compartir. Pregúntate si estás difundiendo por convicción o por inercia. Verifica la fuente. No todo lo que circula proviene de medios legítimos o confiables. Piensa en el impacto. Cada clic puede multiplicar la desinformación. No confundas popularidad con verdad. Que algo sea viral no significa que sea cierto.

El efecto arrastre no es un error individual, es una respuesta social profundamente humana. La clave está en recuperar la pausa, en resistir el impulso de seguir la corriente sin mirar hacia dónde nos lleva. Porque, a veces, ser el único que no comparte también es una forma de pensar críticamente.

Referencia: MOE

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